El fuego, el fuego es el nacimiento y la muerte de una joya, es el principio y también el final.

En el taller todo empieza o termina con la fundición de la plata. 

Es un proceso hipnótico, lento, pero a la vez fugaz.  La plata, fría en el crisol esperando la cálida caricia del fuego para poder transformarse en algo mágico.

Poco a poco todo comienza a tener luz, a tener vida. El fuego hace su trabajo a altas temperaturas y la plata comienza a sentirse arropada, a coger calor, a ponerse incandescente, a brillar en un rojo anaranjado que por intuición sabemos que no debemos tocar. El color de la pasión, el calor del infierno.

Poco a poco se aprecian pequeñas gotas de plata líquida que buscan enérgicamente la unión pasional con el resto del metal. Así, poco a poco y sumergida en la belleza de este proceso, la plata se convierte en líquido:  denso, viscoso, fluido, brillante y sobre todo inquieto. 

La plata, bajo el calor del fuego, comienza a girar sobre sí misma, dejando apreciar su textura, incluso su calor.

¿A qué temperatura está la plata en estado líquido? A un mínimo de 962 ºC ¿A qué resulta inimaginable tan alta temperatura? 

Siempre que fundo, disfruto del estado líquido de la plata. Son solos unos segundos, segundo en los que me siento poderosa, segundo en los tengo el centro de la Tierra entre mis manos. Si, siempre que fundo, me imagino el centro de la tierra así, cálido, brillante y girando sobre si mismo. 

Es un proceso mágico.

proceso de recocido en orfebrería. técnica de joyería en la que se lleva al rojo vivo la plata. hilo de plata incandescente bajo la llama del soplete

Pero todo tiene un final, y no menos espectacular. Toca vaciar, volcar cuidadosamente la plata en la lingotera. Verla caer: fluida, densa, cálida, incandescente es impresionante. Oírla liberar el aire al enfriarse contra el frío hierro que la contiene siempre me provoca un escalofrío que me recorre la columna. Es un proceso minucioso, si el metal salta en contanto con la lingotera o es mal vaciada… las consecuencias pueden ser duras. Pero esa tensión hace que disfrute más de este mágico proceso. 

¿Y el sonido del crisol al perder calor lentamente? Bufff, ese quejido, ese chisporroteo, ese cli, cli, cli… es música para mis oídos. 

La fundición de la plata junto con el brillo del azabache, es la más mágico de la orfebrería, es auténtica alquimia en mi taller. 

El fuego es el nacimiento y la muerte de una joya, es el principio y también el final.

En mi taller siempre se funden pequeñas cantidades de plata. Me gusta trabajar con calma, crear con mimo cada pieza, disfrutar de mis manos al crear pequeñas joyas que os harán brillar y llevarán con ellas un poquito de mí.

Toca proseguir y transformar un poco más esos pequeños lingotes. Hay que estirar, laminar, poner al rojo vivo y seguir estirando y laminando. Sin prisa pero sin pausa.

La laminadora, compuesta por dos rodillos mecánicos, me ayuda en este arduo trabajo. Estirando poco a poco los lingotes. Este cambio físico en la plata, este estiramiento, tiene sus consecuencias. Se tensa, se endurece, y si se fuerza en exceso puedo partir, resquebrajar. 

Y toca volver a la magia del fuego, el recocido, hay que poner la plata “al rojo vivo”.

En esta ocasión me ayudo de madera noble carbonizado, el calor del roble quemado ayuda a conservar el calor para que la plata se caliente uniformemente. 

lámina e hilo de plata recocida. diferentes lingotes estirados con diferentes formas y tamaños.

“Volcar cuidadosamente la plata en la lingotera. Verla caer: fluida, densa, cálida, incandescente es impresionante”

Pero ¿Qué es lo que sucede? Es un proceso físico. Al transformar la plata, al estirarla, las partículas de plata se desordenan provocando rigidez y fragilidad. El fuego, el calor. Reordena esas partículas para volverla dúctil, maleable, flexible. 

“La plata se convierte en líquido: denso, viscoso, fluido, brillante y sobre todo inquieto.”

Alquimia, pura alquimia. Transformar el metal en una joya es un proceso lento, cuidadoso, delicado. Ver el fuego ablandar y darle maleabilidad al metal es un espectáculo. El simple calor de la llama consigue que la plata se deslice lentamente, que se relaje, que se prepare para continuar con la transformación. El recocido es delicado, es un punto en el que el metal se tiene que relajar pero sin rendirse ante el fuego. Llevar al rojo vivo pero sin fundir. 

Transformar el metal en una joya es un proceso lento, cuidadoso, delicado.

Toca diseñar, crear, darle forma, encontrar el equilibrio, buscar el sentido y dejarse llevar, amar la plata, mimar y sentir… para pasar finalmente al pulido.

“Toca dejar volar la imaginación y jugar.”

La magia del pulido, a diferencia de la fundición y el recocido, está en el resultado y no en el proceso. El proceso es sucio, ruidoso e incómodo. Pero de repente, la joya que tenía en mente comienza a tomar vida, a despuntar brillos, profundizar detalles. Por fin , después de un largo camino logra florecer la belleza que se escondía en su interior. 

Lo mismo sucede con el azabache, bajo las mopas de pulido brota la vida que algún día habitó en él. La madera fosilizada que lo forma se oxigena,  sesenta millones de años después recupera su esplendor. 

El pulido le otorga un característico brillo, es un fósil cálido, negro, brillante. Simplemente mágico. 

Pero del azabache os hablaré en otro momento.

 ¿Te gustaría disfrutar de la magia de estos procesos? 

manos manchadas por el pulido de joyas en la orfebrería con trozos de azabache asturiano en bruto

“La orfebrería es un oficio donde la transformación que sufre la materia prima es cautivadora, te atrapa como una tela araña y te hace disfrutar a cada paso, con cada proceso, con el resultado. "

¿Conocías estos procesos? ¿Te atreverías a probar? ¿a intentar dominar el fuego para que el metal se rinda ante ti? ¿Quieres ver el resultado final de estos procesos?

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